10 julio 2019

Sesión 9: Jota el de los gases


Sesión 8: Jota, el de los gases.

Nombre: Jota.
Edad: 32.
Identificación: compañero de trabajo de una amiga.
Diagnóstico: indiscreto, provocador de situaciones incómodas, hipocondríaco, egocéntrico.


Jota es un loco indeseable para una de mis mejores amigas y me ha contado algunas anécdotas y situaciones incómodas protagonizadas por él. Es uno de esos que no se corta a la hora de contar intimidades, de dar detalles desagradables, escabrosos, de exhibirse sin desnudarse, apisonando los sentimientos de quien se ponga delante.

28 junio 2019

Sesión 8: Iván el terrible.

Nombre: Iván el terrible.
Edad: acercándose a los treinta.
Identificación: compañero de trabajo.
Diagnóstico: controlador, celoso, acosador, lobo con piel de cordero.


En esta sesión vuelve un celoso al blog.  Iván el terrible fue el primer chico con el que compartí zulo, también era el único en su departamento y, sin querer caer en tópicos, creo que eso le hacía sentirse especial y vio la oportunidad de convertirse en el macho alfa, algo que claramente no habría pasado en otro entorno. Menudo, bajito, un poco afeminado, iba de amigo de las chicas para poder controlarnos.

21 junio 2019

Sesión 7: A., la explotadora


Nombre: A.
Edad: 52.
Identificación: compañera de trabajo.
Diagnóstico: explotadora, cizañera, insegura, celosa patológica.


Supe de A. a los pocos días de empezar a trabajar. María, una compañera de universidad, me preguntó qué tal me iba en mi nuevo trabajo, qué horario tenía, qué empresa era… lo típico. Cuando le dije el nombre se echó las manos a la cabeza. No, no me digas que tu jefa es A. Sí, la directora de la biblioteca. Nunca había oído hablar de ella, pero cuando me llamó unos meses después para presentarse, ya estaba prevenida de que era una maltratadora, que machacó a una amiga de María hasta que se fue.

12 diciembre 2018

Sesión 6: S., la inepta


Nombre: S.
Edad: sobre cincuenta.
Identificación: compañera de trabajo.
Diagnóstico: vagancia máxima, artista del escaqueo, mentirosa.


S. es una de las peores compañeras con las que tengo que trabajar. No puedo decir que sea desagradable, ni borde, al contrario, tiene un tono de voz con cierta dulzura, para engatusar, una seguridad que te hace creer que la persona sabe de lo que está hablando, aunque no tenga la menor idea. Cuando acabas de conocerla, puedes tener la sensación de que todos los puntos han sido aclarados tras una conversación con ella, aunque sigues tal y como estabas. Cuando la calas te das cuenta de que nunca responde a nada. Hablar con ella es como entrevistar a una política. Ese empeño en no dar detalles podría ser para ocultar información, pero si te está explicando algo para que hagas una tarea para ella no tiene ningún sentido. Le entregarás las cosas a medias o mal hechas y si lo quiere bien tendrá que hacerlo ella, y eso es algo que quiere evitar a toda costa. No dice, no explica porque no tiene ni idea de nada. Y tiene un cargo a pesar de que es una de las personas más ineptas que conozco en la empresa.

14 noviembre 2018

Sesión 5: B., la trapichera

Nombre: B.
Edad: ya no cumple los cincuenta.
Identificación: compañera de trabajo y compañera de inglés.
Diagnóstico: mala educación, amargura, veneno en vez de sangre.

Llega a esta quinta sesión B., una de las perpetuas en la empresa. También es perpetua su cara de mala leche, de cabreo, de asco. La conocí en mis primeros meses. Entró en la cocina y, con tono despectivo y gesto de repugnancia, me preguntó si había abrebotellas, pero no quería saber, quería que se lo diera. Intentó cosificarme, ponerme al nivel del suelo sin saber si yo era el último mono becado o una recién llegada a un cargo medio tras haber hecho un máster en una universidad top. Después de ese encuentro pedí informes. Varias compañeras, por separado, me contaron la misma versión desagradable de alguien que debería tener cierto don de gentes para hacer su trabajo de coordinadora de eventos. Tras una segunda vez igual de desagradable para mí, decidí que nada de intercambiar saludos con esa persona.

01 marzo 2018

Sesión 4: D., el celoso


Nombre: D.
Edad: 18.
Identificación: compañero de clase.
Diagnóstico: ataques de celos continuos, posesivo, inseguridad profunda.

Tras unos meses de tranquilidad, retomo las sesiones con otro compañero de clase. Parece que últimamente los grupos necesitan al menos un enfermo para formarse y parece también que, por un motivo u otro, fijan su objetivo en mí.

Cuando empezamos el curso éramos todas chicas, aunque había un chico en la lista: D. La segunda semana apareció G., dos metros de altura, traje, alopecia prematura. No sé si estaba abrumado por ser el único chico de la clase (además del profesor), pero a mí me parecía que detrás de la simpatía trataba de esconder la típica chulería de alguien intentando ligar en una disco.

Unos días después apareció D. cargando dieciocho años y una timidez fingida. Se está tomando un año sabático obligado porque su nota de selectividad no le llegó para hacer lo que él quería. Le gustan los hombres. Siempre llego tarde así que no pude ver el primer encuentro entre los dos, simplemente me lo encontré pegado a G. a partir de entonces, como un macho de rape a la hembra, aislándolo del resto siempre que hay ocasión. Y como el número de estudiantes ha bajado, casi siempre hay ocasión.

En la clase siguiente apareció la mala de la película: moi. En realidad había estado allí antes que ellos, pero ese día me convertí en la bruja del oeste sin ni siquiera saberlo. Simplemente entré en el aula y me senté al lado de G. Si me hubiera sentado más alejada, el profesor me habría mandado cambiarme para hacer con él los ejercicios. Era la opción lógica en una disposición en U, donde los sitios de uno de los palitos y la base ya estaban ocupados, pero para D. fue una declaración de guerra y, tras el primer ejercicio, en vez de girarse a su izquierda para comprobar las respuestas con M. (de María), intercambió su hoja con la de G. M. y yo nos quedamos compuestas y sin novio. Si eso ocurriese hoy le habría cantado las cuarenta aun delante de todo el mundo, por niñato estúpido, pero ese día aún no había terminado el ejercicio y me dio un poco igual.
Disposición aula forma U
Así estábamos en clase.
Pasaron los meses. En noviembre falté bastante por problemas de salud, en diciembre D. desapareció del mapa y en enero más de lo mismo hasta la última semana en que apareció pegado a su hombre como si no hubiera pasado el tiempo. De todos modos este chico no es muy constante porque tras dos clases faltó otra vez y ese día, justo cuando me acerqué a la puerta, G. me vio a través del cristal y quitó sus cosas corriendo para hacerme sitio. El aula estaba casi vacía, podría haberme sentado en cualquier parte, en el otro extremo de la U, pero me dio rabia hacerle ese feo. Y poco a poco, a medida que iba pasando el tiempo, G. se acercaba un poco más a mí, alargaba un poquito más su brazo hasta que me rozó la mano. No la aparté porque no me incomodó, pero no pude evitar pensar en la cara que se le habría quedado a D. si lo hubiera visto. Tampoco sé si vio cómo G. me miró el escote en la clase siguiente, de manera muy sutil y discreta, en un momento en que ni me habría dado cuenta si no fuera porque era mi escote en lo que posó sus ojos una décima de segundo. Y ahí quedó confirmado que, sin poner etiquetas, a G. le van las mujeres.

Probablemente D. es consciente de las inclinaciones de G. desde hace ya tiempo, por eso tiene esa actitud hacia mí cuando la distancia entre nosotros se acorta. De hecho, en la clase siguiente montó unos numeritos de celos que me hicieron sentir incómoda como hacía tiempo. Llegué tarde para no variar. Cinco personas en clase y dos grupos y el profesor me puso con G. y su parásito, que me sonrió falsamente para disimular el asco que le daba mi intromisión. Tanto que llegó un momento en que no se pudo contener. Cuando G. me atendía en mi turno de palabra, me interrumpía mientras ponía una mano en el muslo de su coleguilla para llamar su atención. Y G., jugando una extraña partida de lenguaje corporal, no se veía inquieto por estos “tocamientos” pero estiraba la pierna hacia mi silla con la clara intención de hacer unos piecitos invisibles.

Suficiente. Hace años que dejé el instituto, D. todavía lo tiene reciente. Su falta de formas quizá se cure con la edad o quizás no, pero de momento no sabe comportarse de otra manera. Las clases me cuestan un pastón que no pienso desperdiciar en tonterías, así que no he vuelto a sentarme con ellos ni lo voy a hacer. Si G. tiene algún interés en mí, tiene su mensaje: sin D. o nada. Puede quedarse al final de la clase a hablarme si le apetece y si no, estupendo. Por mi parte, no cierro las puertas pero no voy a dar ni un paso, no me interesa nada. Y lo que no entiendo de ninguna manera es cómo ese niñito tiene celos de mí, si podría ser su madre (joven, pero no necesariamente adolescente). Esa es una gran lección que debo aprender sobre inseguridad. Y D. debería aprender la lección de que G. hace lo que le sale de la entrepierna, que nadie es su dueño y, si no lo aprende, lo siento por sus futuras parejas porque corren el riesgo de sufrir esa posesión enfermiza que puede convertirse en cosas peores.

08 septiembre 2017

Sesión 3: Juani la loca: no sé nada sobre el amor

Nombre: Juani la loca.
Edad: pasados los cuarenta, muy a su pesar.
Identificación: compañera de trabajo.
Diagnóstico: desesperada al borde de un ataque de nervios.

Cuando conocí a Juani me pareció maja porque era educada. Yo era joven, inexperta y acababa de descubrir que en mi empresa la mayoría de la gente te mira por encima del hombro aunque estén un peldaño por debajo en la jerarquía. A pesar de todo, dejaba vislumbrar algo extraño, algo que me decía que no íbamos a ser amigas. Y no lo fuimos.

Hace unos años, en uno de esos cambios en que vuelven todo patas arriba, ella y su jefa se mudaron al edificio donde yo trabajaba. Por aquella época rondaba el edificio una especie de becario de uno de los jefazos, Apestoso Bryan, al que ella le echó el ojo. Aún no sabemos cómo pasó. Podría decirse que él es atractivo, pero su apodo es por algo, además de los ramalazos de autista (casi merecería una entrada aquí). Por otro lado, Juani es una de las personas más maniáticas de la limpieza que conozco, aunque supongo que la soledad extrema, esa sensación que te hace ver un precipicio justo donde se termina la acera, puede empujar a una persona a perseguir a otra que no le pega ni con cola. Y no se trata de que los polos opuestos se atraen, sino de que este tipo no atrae nada más que espacio entre él y cualquiera que respire.

Flirteo por aquí, ricito de pelo por allá, un café a cambio de enseñarle a utilizar el Mac y parecía que el romance estaba en el aire. Sin embargo, Juani seguía sola como siempre y más cabreada que nunca unos días antes de San Valentín. Si fuera normal, lo dejaría pasar y lo disfrutaría. Si fuera normal. Un baño relajante con juguetitos, una copa de vino, una cena especial y sábanas nuevas. No, eso no vale. Y se fue de caza.

Las técnicas de este animal del amor son un tanto peculiares. Cuando se extendió por el edificio el mensaje de que Apestoso Bryan había sido cazado robando comida de la nevera y, un poco después, conocimos la fuente, mis amigas y yo supimos que Juani no es de las que pierden el tiempo. Ya que no podía tenerlo, lo destrozaría para que no lo tuviera nadie. Juró varias veces sin pestañear sobre un manual de Macroeconomía de la víctima que lo había visto coger (no solo) sus tupper. Varias veces. Y la creyeron como creyeron a las chicas en los juicios de Salem. Porque el chaval, además de ser tímido enfermizo en ciertas situaciones, no estaba allí para defenderse. Para rematarlo bien, fue corriendo al despacho de su jefa y le confesó que no solo robaba comida, sino que le había robado la grapadora. Infantil pero efectivo para destrozarle la reputación a alguien en un entorno que a veces parece una guardería.

Poco después se supo la verdad, que todo era falso. Incluso ahora me pregunto si el tupper no lo habría cogido ella igual que cogió mi tenedor y lo tuvo en su poder algo más de un año. Pero lo curioso es que unos meses después salían a tomar café juntos, muy juntos. Y yo llegué a la conclusión de que no sé nada sobre el amor y de que esa tía cuanto más lejos mejor.

Quizás algún día Juani vuelva a otra sesión, ella es de las que necesitan terapia intensiva. Además, ahora va a ocupar mi viejo zulo y ese lugar vuelve loco a cualquiera.