Nombre: Ramón.
Edad: treinta
y ocho.
Identificación:
novio de Q., una de mis compañeras de piso.
Diagnóstico: maltratador psicológico.
Ramón tenía treinta y ocho años cuando lo conocí. Q., veinticinco;
yo, veintisiete. Es importante aclarar las edades porque Q., con su elección
de pareja, buscó más un padre que un novio. Se puede buscar eso con una pareja
con la que no haya diferencia, pero creo que Q. la necesitaba y
Ramón la explotaba mucho, muchísimo, para sentirse y hacerle sentir a ella que él era superior.
No solo era paternalista con ella haciendo uso del mansplaining todo el rato, hablándole
como si no tuviera ni idea de nada, explicándole el mundo como si ella no
estuviera en el extranjero haciendo un máster y sacándose las castañas del
fuego. También lo intentaba conmigo, pero mira por dónde, casi todos los
hombres que me habían atraído hasta ese momento eran mayores que yo y no tenía
problema en tratarlo de igual a igual. Además, yo ya tengo un padre y,
sinceramente, es suficiente. Ya es bastante difícil eso de “matar al padre”
como para tener que gestionar la tarea con más de uno. Y, sobre todo, no iba a
permitir que una persona que no era nada para mí me dijera lo que tengo que
hacer, lo que está bien y lo que está mal.
Creo que esto sería suficiente para considerarlo idiota y
dedicarle una sesión, pero hay cuatro motivos adicionales, así que empecemos. De
menor a mayor importancia: